domingo, 4 de marzo de 2012

DONDE ESTAN LOS HEROES DE HOMS


Cientos de ciudadanos arriesgan su vida para abastecer el bastión rebelde sirio, grabar y difundir la represión, y proteger a los perseguidos por el régimen de El Asad

Un hombre graba el funeral de un adolescente muerto en Al Qusayr. / ALESSIO ROMENZI
En aquel apartamento el teléfono sonaba sin parar. Era el único que funcionaba en todo Bab Amro, una línea a través de la que una veintena de activistas sirios contaba al mundo lo que ocurría durante el largo y sangriento cerco de ese barrio de Homs, ahora tomado por las tropas de Bachar el Asad. Los que hablaban inglés atendían a los medios occidentales 24 horas al día y sin descanso. “¡Somos seres humanos, estamos muriendo aquí sin que nadie haga nada!”, clamaba Daniel Abu Dari al auricular, con los ojos somnolientos y el miedo en el alma. Las bombas caían sin parar, más de 500 proyectiles de mortero al día. “Es mejor no pensar, seguir trabajando, ya ni las oigo”, decía al colgar, buscando un hueco imposible para recostarse y dormir un poco hasta la siguiente llamada.
El Ejército del régimen no tardó en localizarles. El edificio fue bombardeado y en el ataque murieron la periodista Marie Colvin y el fotógrafo Remi Ochlik, pero el grupo había perdido ya al sirio Rami al Sayeed, uno de esos héroes anónimos con seudónimo en la red convertidos en reporteros de guerra fortuitos que salían a las calles, repletas de francotiradores, sorteando la muerte, para grabar y enviar sus vídeos llenos de realidad. “Chicos, no grabéis con tanta crudeza, aquí no se pueden emitir cadáveres destrozados”, pedía por Skype una televisión estadounidense. Acompañaban con valentía a los periodistas extranjeros, recorriendo la ciudad en coches a toda velocidad parándose en las peligrosas esquinas. “¡Shuf [mira]! ¡ahí están los soldados, graba, graba!”, gritaba el conductor. En el hospital grababan incluso cómo curaban a uno de los suyos que había resultado herido, Saleh Abdu Salah, famoso en todas las televisiones árabes.
Eran conscientes de que estaban atrapados, como el resto de la población. “Tenemos un plan por si entran las tropas de El Asad”, aseguraba entonces Abu Hanin con mucha tranquilidad, un joven padre de familia al frente de aquellos kamikazes, ahora en paradero desconocido. Pero en el barrio no había escapatoria, rodeado por cientos de soldados que disparaban a matar y donde ahora el régimen tiene libertad para buscar casa por casa a todos los opositores. Existía a principios de febrero una sola entrada secreta, un peligroso corredor por el que no se podían transportar grandes bultos o a un gran número de personas, aunque esa única vía fue bombardeada por la artillería del régimen alrededor del día 10 de febrero. De ahí que cuatro periodistas extranjeros se quedaran atrapados en Bab Amro la semana pasada, entre ellos varios heridos, y el reportero español Javier Espinosa, que tuvo que atravesar el férreo cordón militar que asfixiaba la zona.
Como ese grupo de héroes, muchos otros miembros de la resistencia siguen trabajando a diario en otras localidades de Siria como Alepo, Hama, Idlib, Latakia o Al Qusayr. Sufriendo constantes cortes de luz, sin líneas telefónicas ni medios para transmitir, luchando por conseguir unos minutos de Internet y colgar en Youtube la manifestación del día, los heridos, los funerales. “Tengo más de 300 cintas en un escondite secreto. A los muertos les ponemos un cartel en el que se lee el lugar y fecha de la muerte y yo lo grabo, porque alguien lo verá en el futuro y podrá comprobar que es cierto todo lo que está ocurriendo aquí”, explicaba Mahmun, que ha cavado su propia tumba en el cementerio. “Soy uno de los más buscados”, decía, sonriendo con resignación. Hace dos meses perdió a uno de sus mejores amigos, Farsad, después de que los shabiha (matones del régimen) lo capturaran y lo mataran. Su cadáver apareció con los ojos arrancados, como ejemplo para todos los testigos que quieran ver y contar lo que ocurre ahora en Siria.
No están solos, son parte de una red organizada que trabaja en coordinación con el Ejército Libre, que monta los viajes por carretera y escolta los vehículos que transportan suministros, medicinas, alimentos, o la salida de heridos hacia Líbano, atacados a menudo por las tropas del régimen y cumpliendo con la misión que les toque. “Yo hago de todo, desde fabricar bombas hasta de niñera de reporteros”, bromeaba Abu Jaled, miembro del Ejército Libre. “Mi objetivo ahora consiste en que estéis a salvo y que saquéis las imágenes de este país”, explicaba. Desde la frontera hasta Homs, son muchas las casas en las que familias enteras acogen a todos esos bultos humanos, refugiados que huyen, activistas perseguidos, miembros de la resistencia camino del extranjero para recaudar fondos o periodistas foráneos, en un trasiego clandestino no exento de grandes riesgos.
En una de esas viviendas refugio, a Maryam, profesora de 40 años, le temblaba el pulso al servir el té. “Aquí, en este pueblo, no está el Ejército Libre y los shabiha pueden venir en cualquier momento”, comentaba visiblemente nerviosa al cámara español Roberto Fraile y al fotógrafo italiano Alessio Romenzi, de camino a Bab Amro. Todos ellos siguen cumpliendo con su cometido a día de hoy, incluso ahora que el Ejército Libre ha abandonado el barrio por razones “tácticas”, una zona que ha caído ya en tres ocasiones en manos de las tropas de El Asad y ha sido recuperada en otras dos, según activistas sirios.
A pesar del avance de las tropas de El Asad, “sabemos que corremos peligro y que la revolución será larga y cara. Pero estamos dispuestos a pagar el precio”, aseguraba Kasir, líder de la resistencia política en Al Qusayr, un hombre que media a diario para conseguir que la mecha de la violencia religiosa no prenda en su ciudad, donde alauitas, cristianos y suníes conviven en armonía en la zona bajo el control de los rebeldes. “Estuvimos manifestándonos pacíficamente hasta septiembre y solo conseguimos que nos dispararan, nos encarcelaran o nos mataran. Al final, se ha formado un ejército que protege a la población, no tenemos otra salida”, explicaba. Cerca de cumplirse un año de las revueltas, “no hay marcha atrás. Seguiremos luchando porque sabemos que el régimen no tendrá piedad con nosotros”.

martes, 28 de febrero de 2012

ALIMENTANDO A UNA COBRA


Unos amigos volvieron de China impresionados. Un producto  del
que Brasil fabrica un millón de unidades, China en una sola fábrica
produce 40 millones.

La calidad es equivalente  y la velocidad de distribución
impresionante. Los chinos colocan cualquier producto en el mercado
en cuestión de semanas, a precios que son una fracción de los
brasileños

Una de las fábricas se está trasladando al interior porque los
salarios de la región en que se halla instalada son demasiado altos:
100 dólares. Un obrero brasileño gana 300 dólares mínimo que
sumados a los impuestos y otros beneficios equivalen a 600 dólares.
Cuando  los comparamos, con los 100 dólares que reciben los chinos
sin prácticamente ningún otro beneficio…nos hallamos frente a una
esclavitud amarilla, y alimentándola…

¿Horas extraordinarias? En China…Olvídalas!!! La gente allí está
tan agradecida de tener un empleo que trabaja horas extras a cambio
de nada…

Detrás de esta “situación” está la gran trampa china. No se trata de
una estrategia comercial, sino de una estrategia de “poder” para
conquistar el mercado occidental. Los chinos están sacando provecho
de la actitud de los “comerciantes” occidentales, que prefieren mandar
maquilar la producción  quedándose tan sólo con lo que le agrega
valor: la marca.

Ya es muy difícil comprar en las grandes redes comerciales  de
los EE.UU.  algún producto “made in USA”. Es todo “made in China”,
con una marca estadounidense. Las empresas ganan toneladas de
dinero comprándoles a los chinos por centavos y vendiendo luego  
por centenares de dólares. Sólo les interesa el lucro inmediato a
cualquier precio. Aún al costo de cerrar sus fábricas  y generar una
brutal desocupación. Es lo que podría llamarse “la estrategia del precio”.

Mientras los occidentales maquilan y prácticamente ceden sus empresas
para ganar en el corto plazo, China aprovecha ese enfoque  e instala
unidades productivas de alto desempeño para dominar en el largo plazo.

Mientras las grandes potencias mercantiles se quedan con sus marcas,
con el diseño... sus garras, los chinos se quedan con la producción,
asistiéndolos, estimulándolos y contribuyendo al desmantelamiento de
los escasos parques industriales occidentales.

Muy pronto ya no habrá más fábricas de zapatos deportivos o de
calzado en el mundo occidental. Sólo existirán en China. De modo que
en el futuro próximo veremos cómo los producto chinos aumentan sus
precios produciendo un “shock de fabricación” como sucedió con el
shock petrolero en los años 70. Pero entonces será  demasiado tarde.

Entonces el mundo se dará cuenta de que levantar nuevas fábricas
tendrá costos prohibitivos y deberá  rendirse al poderío chino. Se dará
cuenta de que alimentó a un enorme dragón y se convirtió en su rehén.
Un dragón que aumentará gradualmente sus precios, puesto que será
quien dicte las nuevas leyes del mercado y será luego quien mande,
pues tendrá el monopolio de la producción.

Ya que será también el dueño de las fábricas, de los inventarios y los
empleos y quien regulará los precios.

Nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos asistiremos a una inversión
de las reglas de juego actuales, lo que producirá en las economías
occidentales el impacto de una bomba atómica…china. En ese momento,
cuando el mundo occidental se dé cuenta, será demasiado tarde.

Ese día, los ejecutivos occidentales mirarán tristemente las ruinas de
sus antiguas fábricas, a sus técnicos jubilados jugando a las cartas en las
plazas y llorarán sobre la chatarra de sus parques industriales destruidos.
Y se acordarán entonces, con mucha nostalgia, del tiempo en que ganaban
dinero comprando “fardos de mercancías de los esclavos” y vendiendo caras
sus “marcas registradas” a sus  coterráneos.

Y entonces, entristecidos, abrirán sus despensas y almorzarán sus marcas
que ya estarán pasadas de moda y que por tanto, habrán dejado de ser
poderosas, porque todas habrán sido copiadas…

REFLEXIONEN Y COMIENCEN YA A COMPRAR PRODUCTOS DE FABRICACIÓN
NACIONAL, FOMENTANDO EL EMPLEO EN SU PAÍS, POR LA SUPERVIVENCIA
DE SU AMIGO, DE SU VECINO Y HASTA DE USTED MISMO… Y LA DE SUS
DESCENDIENTES.

Piensen además…

Y ¿su poderío bélico-militar?

Quedaremos rehenes y a su merced, es decir, estamos hoy alimentando a la
cobra que nos morderá en el futuro!

*Director de marketing de Dana y profesional de la comunicación.

Traducido por Susana Merino para Rebelión


EL PRIMER DOPING DE LA HISTORIA.CLARO FRANCES

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SOBREVIVIR EN LA DICTADURA


El caso del joven soldado republicano

Antonio Lozano aprendió que para sobrevivir en la dictadura tenía que callar

Le caló del intento de Garzón de resarcir a las víctimas y por fin se mostró orgulloso de su historia

Quiero aclarar aquí que yo no he escrito la historia de Antonio Lozano. La de ese joven soldado republicano que al terminar la guerra civil regresó confiado a su pueblo porque no había hecho nada malo y que al poco fue detenido, encarcelado durante casi tres años y enviado después a un campo de concentración. No, yo no he escrito sobre Antonio Lozano. Sobre ese joven que abandonó la prisión para ser encerrado otros tres años junto a Tarifa, en un lugar en el que los reclusos trabajaban todo el día a pico y pala, pasaban frío, dormían en chozas que se construían ellos mismos, estaban tan hambrientos que comían hasta raíces y lagartijas y recibían palizas si no cumplían el objetivo laboral de la jornada.
No, yo no he relatado esa historia; quiero aclararlo para quienes estos últimos meses oyeron de boca de Antonio Lozano que yo había escrito un libro en el que contaba su vida. Antonio Lozano creía que a su yerno le habían dado un premio por un libro que relataba su historia. Y lo iba diciendo por ahí con orgullo, con satisfacción, con esa alegría que le entra a uno cuando se ve justamente recompensado. Pero lo cierto es que no era así, que yo no escribí en ese libro la historia de Antonio Lozano.
Ya me hubiese gustado hacerlo. Que más hubiese querido yo que oír de primera mano y relatar luego la vida de Antonio Lozano. De ese joven que en 1936 abandonó su pueblo de Granada con sus padres y hermanos y que después sobrevivió a la carretera de la muerte, que huyó con su familia desde Málaga hacia Almería caminando y escondiéndose de las bombas que masacraban a las columnas de civiles. Qué no daría yo por haber podido contar la historia de ese chaval que mintió sobre su edad para poder alistarse como voluntario en el Ejército de la República, que luchó en varios frentes y que terminada la guerra oyó lo que muchos otros: que podían volver tranquilos a sus casas, a sus pueblos, que había paz en España.
Antonio Lozano regresó en 1939 a su pueblo. Lo sabemos con certeza. Pero sobre lo que le ocurrió en los siguientes seis años apenas tenemos su hija y yo datos dispersos. Muy pocos. Antonio Lozano vivió en esos años de paz en España una experiencia tan demoledora, tan tremenda, que la borró de su memoria de tanto ocultarla después, cuando fue liberado y se instaló en Jerez.
Había aprendido que para sobrevivir en la dictadura tenía que callar, moverse con cautela, ocultar de dónde venía
No quería Antonio Lozano que se supiese que había estado primero preso y luego en un campo de concentración. No quería que nadie conociese su historia de represaliado, y se empleó a fondo en conseguirlo. Hasta tal punto lo logró, que su hija, ya entonces licenciada en Historia, se quedó pasmada un día, hace solo veinte años, cuando oyó a su padre referir que lo habían encarcelado al terminar la guerra, que las había pasado canutas después en un campo de concentración.
La hija de Antonio Lozano pudo atar cabos a partir de ese momento. Empezó a entender por qué su padre mentía a veces cuando alguien le preguntaba de qué localidad de Granada provenía. Y rescató de la memoria algún episodio. Como uno del que ella había sido testigo al poco de morir Franco. Fue en el pueblo de su padre. En una reunión de amigos y familiares, la charla evocó la guerra civil y algunos recordaron padecimientos y otras historias. Entonces, Jiménez, que aún vive y compartió cárcel y campo de concentración con Antonio Lozano, se quitó la camisa y enseñó los verdugones que le cruzaban la espalda.
En 1945, superviviente del maltrato, Antonio Lozano llegó a Jerez. Tuvo la suerte de que un teniente coronel de los batallones disciplinarios se lo llevase con él y le diese trabajo durante años. Hasta que él mismo hizo camino y acabó abriendo una tienda de comestibles en la ciudad que muchos vecinos de Icovesa recordarán. Una tienda que ofrecía precios populares y en la que todo el mundo era bien atendido por Antonio Lozano y por su esposa.
Antonio Lozano era un hombre honrado. Tenía dentro esa honradez republicana que aprendió de los discursos que oía cuando era un joven soldado, de las enseñanzas de otros presos en la cárcel de Granada. Probablemente marcado por haber vivido como prisionero, bajo la bota militar franquista, desde los 19 a los 25 años, Antonio Lozano era, en fin, un hombre en alerta, esclavo de un pasado demasiado cruel. Y había aprendido que para sobrevivir en la dictadura tenía que callar, moverse con cautela, ocultar de dónde venía.
Les tenía miedo Antonio Lozano. Temía caer de nuevo en sus manos. Por eso callaba cuando cada Navidad unos policías acudían a su tienda y se llevaban jamones y un buen surtido de todo lo que les daba la gana. Por eso le pidió a su hija que le hiciese caso y se casase por la Iglesia cuando ella le anunció su boda civil. Cuidado, que siguen ahí.
Cuando a principios de los noventa el Gobierno que presidía Felipe González decidió conceder una indemnización a los represaliados por el franquismo, la hija de Antonio Lozano presentó la solicitud. Le respondieron que su padre no alcanzaba el mínimo de tres años encarcelado para poder ser indemnizado, que los años de estancia en un campo de concentración, en los llamados batallones disciplinarios, no contaban. Con esa respuesta, Antonio Lozano dio en pensar que era mejor seguir disciplinadamente callado, que ni siquiera la izquierda sabía ya en este país qué había sucedido en la posguerra. Años después, la Junta de Andalucía también quiso indemnizar a los represaliados y entonces sí que contaron los años de trabajos forzados. Antonio Lozano fue indemnizado. Pero también entonces algo le dijo que debía seguir callado, que era mejor ser cauto. Porque ocurrió que meses después, lo llamaron de Hacienda y le reclamaron una parte de la indemnización. Le reprocharon que no hubiese declarado ese ingreso y Antonio Lozano se vio tratado como un defraudador y se convenció definitivamente de que recordar el pasado solo le traería complicaciones.
De modo que Antonio Lozano prefirió seguir ocultando. Y no quiso ni acudir a un homenaje a los represaliados en El Puerto de Santa María cuando fue invitado por la Junta de Andalucía y su hija lo animaba a que, como otros, él contase su historia. No te fíes, respondió, siguen ahí.
Hace pocos años, Antonio Lozano asistió a la aprobación de la Ley de Memoria Histórica. Y luego vio cómo el juez Garzón abría una investigación sobre los crímenes del franquismo, de los que él fue testigo directo como superviviente de un campo de concentración en el que muchos morían extenuados y enfermos, incapaces de soportar el trato al que eran sometidos por los militares vencedores.
No obstante, Antonio Lozano siguió callado, prudente, en alerta. Pero tal vez algo le caló de ese intento de resarcir a las víctimas, porque el caso es que el pasado septiembre, en cuanto supo que a su yerno le habían premiado un libro, salió a la calle y comenzó a decirles a todos que yo había escrito su historia y que me habían dado un premio. Su cuidadora le explicó varias veces que no era así, que el libro hablaba de los sucesos de Casas Viejas, de otro asunto. No hubo manera. El hombre que durante décadas escondió su pasado y que ni siquiera se sintió seguro en democracia, ese hombre por fin se mostraba orgulloso de su historia y de que fuese aireada. Nayis, su cuidadora, recuerda que estos últimos meses, Antonio Lozano repetía feliz en la barbería, en el parque, en el bar y en casa y en todas partes que yo había escrito su historia. Para entonces, hacía ya un tiempo que andaba con la cabeza perdida, que tenía lagunas y a veces ni reconocía a la gente.
El pasado enero, una mañana, Antonio Lozano falleció en su casa de pronto, en unos segundos. Murió creyendo que habías escrito su historia, me recuerda Nayis de vez en cuando. Se libró finalmente del terror, Antonio Lozano. Pero para lograrlo, tuvo que pagar el precio de perder la memoria. Solo así, con 92 años, recuperó su juventud perdida, esa olvidada Historia de España que tanto molesta a tantos. La nunca reconocida y verídica historia del joven soldado republicano.
Tano Ramos. Periodista. Autor de El caso Casas Viejas.

sábado, 25 de febrero de 2012

¿DONDE ESTAN LOS PENSADORES ?


1. ¿Qué papel ocupan en la sociedad actual los intelectuales?
2. ¿Por qué cree que se ha llegado a una situación de crisis de valores universales y qué remedios pondría para repararlo?
3. La crisis económica parece habernos dejado sin un relato coherente del fenómeno. ¿Cómo lo interpreta?

Fernando Savater (Filósofo)

1. Los intelectuales son escritores, profesores y artistas que quieren hacerse oír fuera de sus áreas de trabajo sobre cuestiones políticas y sociales. Deberían aportar al debate público argumentos o propuestas que trascendiesen las cautelas del pragmatismo político habitual, para así enriquecer la comprensión y no la confusión o la simplificación de esos temas.
2. Los valores se fraguan en situaciones críticas, en la pugna entre lo que es y lo que creemos que debería ser. Se definen y redefinen permanentemente de acuerdo con el decurso histórico y el pensamiento crítico. Me encantaría conocer alguna época del pasado en la que no hubiera habido crisis de valores, para mudarme a ella…
3. No tenemos un relato coherente de la crisis económica (aunque cada día se publican tres o cuatro libros sobre el tema), ni sobre la ciencia moderna, ni sobre el papel de las religiones, ni sobre la ciudadanía democrática, ni sobre el arte o la literatura, ni sobre el erotismo, ni sobre los méritos respectivos de Pelé, Ronaldo y Messi. Los dogmas nos fascinan pero enseguida nos aburren. Vamos, que estamos como siempre, pero ahora con blogs, Twitter y demás adminículos de portavocía.

Cees Nooteboom (Escritor)

1. A lo largo de la historia, los intelectuales han cometido errores notables. Admiro a Foucault, pero creo que se equivocó al apoyar el retorno de Jomeini a Irán. Como recordarán promovió una gran manifestación en París. Knut Hamsun admiraba a Hitler. Neruda escribió una oda para Stalin. Solo me manifesté públicamente contra el bombardeo estadounidense de Camboya y el resultado de aquello fue el cese de los bombardeos y el comienzo del régimen sangriento de Pol Pot. Los intelectuales son ciudadanos como cualquier otro, lo que significa que nadie es infalible, pero deberían ser cuidadosos. No digo que tengan que callar. La libertad de expresión es un gran bien, pero uno debe estar informado lo mejor que pueda.
2. La crisis de valores universales ha existido siempre. Probablemente, ahora mismo, alguien en su casa esté teniendo una idea que cambiará la historia. A lo largo de mi vida, conocí la Segunda Guerra Mundial, la guerra fría, las guerras coloniales, el fascismo, el Holocausto y el comunismo. Estuve en Budapest en 1956, en Bolivia en 1968 y en Berlín en 1989. Ahora está el islamismo y la crisis del capitalismo. Spinoza dijo que había que mirar los acontecimientos de nuestra vida sub specie aeternitatis y me encantaría, pero no es siempre posible. Algunas veces es mejor leer poesía que mirar los periódicos.
3. No soy un experto en finanzas. He visto cómo gran parte de la costa española era destruida por un codicioso y sin sentido boom de la construcción. Si los políticos que iniciaron la UE hubieran optado por una unión fiscal, no estaríamos inmersos ahora en este contagioso desastre, pero era demasiado pronto para crear una federación que nadie deseaba realmente. El nacionalismo y el mantra de la soberanía todavía son muy poderosos. Se habla mucho acerca de los mercados, pero deberíamos darnos cuenta de que nosotros mismos, nuestros Estados, nuestros bancos y nuestro fondo de pensiones, son el mercado. Vivimos en democracias, votamos, somos los amos y las víctimas. Solamente el inocente absoluto está exento de culpa.

Elena Poniatowska  (Escritora)

1. Lo primero que debe hacer un escritor es escribir bien. Un mal escritor no puede ayudarle a causa alguna. En México es difícil separarse de lo que le sucede al país. Supongo que lo mismo pasa en otros países de América Latina. La realidad se mete a la casa y la invade, la gente está siempre pendiente de lo que hace un escritor y lo convierte en figura pública. Lo incluye en encuestas, le pregunta qué come y con qué duerme. Tanto a Octavio Paz como a Carlos Fuentes, como a Rosario Castellanos, les pidieron que fueran embajadores de México en el exterior. Muchos intelectuales solo se preocupan por sí mismos. Para no tener problemas no participan en la vida del país. Solo hablan de su obra y su lucha, es ante todo por su propio bienestar y sus prebendas. Estar en la oposición es un error que el poder castiga. No hay reconocimiento para el opositor.
2. En México hay un abismo entre una clase social y otra y seguimos siendo racistas en contra de nosotros mismos. Solo hubo en el pasado, en los 31 Estados de la República y en el Distrito Federal, un gobernador indio, moreno después de Benito Juárez y ese fue el gobernador de Oaxaca, Heladio Ramírez. México se ha vaciado de campesinos y trabajadores. Los mexicanos más pobres se van a California, a Texas y hasta a la frontera con Canadá. Buscan el respeto, el amor y sus alimentos terrestres (y espirituales) en otra tierra que no es la suya porque su país les ha fallado. Dejar el propio país es una desgracia. El éxodo es ahora un rasgo definitorio de nuestro siglo, los países se van destejiendo como lo hacen las mujeres que tejen, se equivocan y vuelven a usar la misma lana. Nuestro problema es que no sabemos si habrá lana ni borregos.
3. Compro, luego existo y si ya no tengo para comprar ya no existo y si nunca tuve nada tampoco existí. Jesusa Palancares, la protagonista de la novela Hasta no verte Jesús mío, decía: “Soy basura a la que el perro le echa una miada y sigue caminando”. Esa respuesta de una mexicana que participó en la Revolución de 1910 es significativa. ¿Qué le dio la Revolución? ¿Qué nos dio a nosotros el capitalismo? ¿Qué el comunismo? Creo en el amor, no en los ismos, creo que el otro merece el trato que nosotros nos damos a nosotros mismos.

Jorge Volpi (Escritor)

1. Su papel ha disminuido considerablemente, comparado con el que detentaron en el siglo XX. El triunfo de las democracias liberales ha provocado que los “intelectuales” ya no sean las únicas voces críticas que expresen públicamente su opinión, y que en nuestros días sean expertos en ciencias sociales (politólogos, sociólogos, historiadores, etcétera) quienes ocupen el foro público, al lado de los llamados “opinadores profesionales”, los tertulianos que aparecen en los medios sin poseer una obra artística o científica relevante. El papel actual de los intelectuales debería ser contribuir al debate público con opiniones informadas sobre asuntos de interés general, pero sin asumir ya el papel de “vanguardia de la sociedad”.
2. No sé si estamos en una situación de crisis de valores universales, sí que estamos frente a una crisis general de las democracias liberales, tanto en términos políticos como económicos. No es fácil ofrecer una receta, aunque por lo menos debemos ser capaces de reconocer cuáles han sido las causas que nos han llevado hasta aquí, en especial el triunfo del modelo neoliberal con el consecuente predominio del individualismo a ultranza y el olvido de los valores de solidaridad que Occidente defendió frente al modelo comunista.
3. Creo que el relato de lo que ocurre está aún en formación, estamos quizás todavía demasiado cerca de la crisis (cuyo inicio podemos situar en 1989, con la caída del muro de Berlín, y su clímax en 2008, con la caída de Lehman Brothers). Pero justo corresponde a los novelistas —y en otro sentido, a los historiadores— elaborarlo en los años que vienen.

Jonathan Franzen (Escritor)

1. Me siento un poco como alguien que trabaja en una fábrica y vienen a preguntarle cuál debe ser la función de los trabajadores hoy en día. Supongo que debe ser un rol parecido. En cada caso la respuesta debe ser la misma: ser un buen ciudadano, prestar atención a lo que sucede y votar. Hay algo que diferencia mi situación del que hace muebles y es que como ciudadano siento cierta responsabilidad para hablar de las formas de injusticia que son importantes para mí. No creo que los norteamericanos busquen consejos políticos de los escritores. Para los americanos esa es una idea ridícula, así como pedirle a un fabricante de muebles que arregle el mundo. Su respuesta sería: “Así es como yo ayudo, haciendo los muebles lo mejor que puedo”.

Victoria Camps (Filósofa)

1. Los intelectuales de hoy son los periodistas que escriben artículos de opinión, participan en tertulias y en debates. Siguen contribuyendo, como siempre, a formar opinión, pero a través de los medios de comunicación y, por lo tanto, subordinados a las exigencias de cada medio.
2. Supongo que al hablar de valores nos referimos a valores morales. No creo que esos valores estén ahora más en crisis. Lo que sí ocurre es que cada vez son valores más abstractos (por eso pueden ser universales) y requiere más esfuerzo vincularlos a prácticas concretas. ¿Remedio? Un cambio de paradigma radical que conduzca a admirar más al responsable, honrado y decente, que al corrupto y codicioso.
3. Tenemos un diagnóstico de lo que ha ocurrido y por qué. Quizá falta el relato del tratamiento más adecuado para salir de la crisis y, lo que es más importante, no volver a poner las condiciones para caer en algo parecido otra vez.

Milagros del Corral (Delegada de la Unesco para el libro digital)

1. La sociedad española no destaca por su aprecio a los intelectuales —de los que tampoco andamos sobrados— y que más bien inspiran recelo. Quizás por esta razón, estos vienen manteniendo un perfil bajo, sobre todo desde el principio de la crisis dejando el territorio del pensamiento en manos de los economistas. Actualmente, su misión ha sido okupada de alguna manera por los “indignados” que no plantean su rebeldía desde un riguroso análisis intelectual sino desde lo visceral de sus experiencias.
2. La crisis de valores es ante todo la crisis del pensamiento europeo y la estruendosa abdicación de la defensa de estos valores por parte de unas Naciones Unidas envejecidas. Europa es hoy “l’Europe des épiciers”, más preocupada por la pérdida de valor adquisitivo de sus ciudadanos y de su peso político a nivel global. El sueño europeo, porque se quedó en los cimientos mercantiles que ahora se tambalean peligrosamente, se está desmoronando ante nuestros ojos sin haber alcanzado sus ideales fundadores porque hemos perdido el relato y la fe en la fuerza de nuestro pensamiento y en el poder de las ideas cuando más falta nos hacían.
3. Echamos en falta ese relato coherente precisamente por haber decidido que solo se trata de un fenómeno pasajero puramente económico, cuando el verdadero problema tiene tanto o más que ver con modos de vida insostenibles y modelos sociales importados, que los españoles no supimos asimilar inteligentemente, abandonándonos de forma acrítica al disfrute materialista y a un individualismo exacerbado. No se trata de flagelarnos sino de hacer un “examen de conciencia” sobre los errores pasados, y un “propósito de la enmienda” que parta del reconocimiento de quiénes somos y de dónde venimos, sin cainismos ni derrotismos, con un mínimo de perspectiva histórica, para construir sobre bases sólidas la visión de quiénes podemos ser. No importa tanto de quién sea la culpa de lo que pasó porque, en buena medida, la culpa es de todos. En efecto, el relato de la España del siglo XXI está por escribir.

Daniel Divinsky (Editor)

1. Rancière escribió: “Actuar con el pensamiento es propio de todos, por ende, de nadie en particular (…). En este sentido, nadie tiene derecho a hablar como intelectual, lo que equivale a decir que todo el mundo lo es”. Esta afirmación es indiscutible, por lo cual ese papel es el de cualquier ciudadano, con el agregado como “misión”, de que, al manejar mejor —se supone— la palabra, deberían poner en letras los pensamientos de la comunidad.
2. “De las tres causas de la Revolución Francesa, enumeraré 99”, habría dicho un estudiante en un examen provocando una crisis terminal a su profesor (según Chamico, humorista argentino). Como no tengo espacio para describir las 99, me remito a lo que expresan Hobsbawm, Chomsky, Krugman y Stiglitz, con cuyas visiones coincido también en cuanto a posibles remedios.
3. Dejó sin relato coherente a los voceros de los países y sectores sociales dominantes, que habían comprado antes, sin reticencias, la fábula del progreso y el crecimiento infinitos. Hay otros relatos, muy coherentes, que vienen de orientaciones ideológicas diferentes.
Ariel Dorfman(Escritor)
1. Cuidado con los preceptos y el deber ser, pero si tengo que elegir una sugerencia: no aburrir a muerte a nuestros lectores y congéneres mientras balbuceamos entre todos una salida veraz y compleja y plural a la crisis.2. No hay medios ni reparación mientras la pregunta se formule en forma tan abstracta, sin tomar en cuenta a la gente y su sufrimiento, no hay salida si no volvemos a colocar a la ética en el centro de nuestra búsqueda.3. Relatos hay. Lo que falta son las agallas y la generosidad intelectual para combatir la colectiva enfermedad del miedo.

José Manuel Sánchez Ron (Historiador de la ciencia)

1. En un mundo en el que la información nos inunda, y en el que esta se confunde con la opinión crítica e informada, una opinión atenta siempre a la situación actual y al futuro que se aproxima, pero que no ignora las lecciones que se extraen de la historia, el intelectual debería esforzarse por ser un faro que estimule el pensamiento crítico relativo al mundo presente y próximo, planteando cuestiones y presentando sus propias respuestas.
2. Un factor que ha contribuido a tal situación es una deformación de uno de los grandes logros de la historia de la humanidad, que se vio reforzado, afortunadamente, durante el siglo XX: la igualdad de derechos. Muchos han entendido esto en el sentido de que cualquier argumento es defendible sin más, por el mero hecho de tener el derecho de expresarla. Y esto, en mi opinión, no es así: todos tenemos el derecho de expresar opiniones y sustentar valores, pero sin argumentarlos cuidadosamente, no todos esos valores son equiparables. No veo otra forma de remediar esta situación —que favorece la dispersión y el desconcierto— que a través de una educación que no confunda derechos con valores, y que enseñe toda la historia y esfuerzos argumentativos que existen detrás de los valores que se han considerado o consideran “universales”, aunque por supuesto estos sean revisables, sujetos algunos, o muchos de ellos al momento histórico.
3. No disponemos aún de un relato coherente de lo que está sucediendo, y ello porque no sabemos bien quiénes son los protagonistas de esta crisis, o al menos algunos de ellos. Ni siquiera sus centros neurálgicos. Y tampoco somos capaces de identificar las relaciones de causa-efecto, algo imprescindible a la hora de establecer cualquier relato coherente. Todo esto es en buena medida consecuencia de la tecnología de las comunicaciones que se han desarrollado. La globalización que esas tecnologías han producido ha hecho posible un desplazamiento e indeterminación de muchos y nuevos centros de poder, haciendo que el poder político tradicional ocupe un lugar menos central, y que no sepamos bien dónde se halla el poder económico, el que, parece, mueve hoy realmente los “hilos” del mundo.

José Manuel Blecua (Director de la Real Academia Española)

1. Habría que saber qué se entiende hoy por intelectuales porque esa referencia, tal como la hemos conocido, se ha desdibujado por completo. Es probable que para muchos ciudadanos lo más parecido a un intelectual sea, no sé, el autor de una de esas guías de autoayuda, tan de moda, o el tertuliano que dicta sentencias desde un canal de televisión. La misión del intelectual, al margen de todos los cambios sociales y tecnológicos, debería ser la clásica: una voz crítica, con autoridad moral, capaz de reflexionar y hacer propuestas originales y solventes sobre la sociedad y sus circunstancias.
2. No habría que demonizar la palabra crisis. No tiene por qué ser sinónimo de hundimiento ni de fatalidad. La segunda acepción de nuestro diccionario puede resultar útil para darle un sentido más positivo al término porque no es catastrofista. Dice el DRAE sobre crisis: “Mutación importante en el desarrollo de procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales”. Y esto es lo que ocurre: estamos viviendo una época de profundos cambios, de transformaciones sociales y económicas que se producen a una velocidad de vértigo y que afectan a millones de personas. Esa es la gran diferencia frente a otros momentos: todo sucede muy deprisa, sin tiempo de asimilación, y afecta a muchísimos seres humanos, es global. Ya me gustaría a mí conocer posibles remedios. Solo se me ocurre decir que saldremos adelante, de eso estoy seguro, con esfuerzo y con innovación. Será imprescindible mejorar los sistemas educativos, la enseñanza, y no olvidar principios tan básicos como la honestidad, la solidaridad y la justicia.
3. No estoy tan de acuerdo en esto último. El “fenómeno”, si por tal entendemos lo que está sucediendo con la denominada crisis, sí que se está contando, hay mucho relato, incluso excesivo. Se escribe y se habla, se opina a todas horas y en todas partes. A lo mejor hemos de ir más despacio, pararnos a pensar, separar las voces de los ecos, según el consejo machadiano. Decía don Camilo José Cela que España, al menos en su época, era un país de arbitristas, de gente aficionada a discurrir planes disparatados para arreglar el mundo. Sin compartir del todo la exageración de don Camilo, algo de razón sí que tenía. Hemos de dar menos consejos, menos soluciones mágicas, y trabajar mejor, cada uno en nuestro campo y de acuerdo con nuestras responsabilidades.

Bernardo Atxaga (Escritor)

1. No hay espacio para intelectuales como los de antaño. No vivimos en el desierto, en una sociedad en la que una mayoría carece de expresión (como en los días de Zola); vivimos en una selva con infinidad de voces, y lo que abunda es el “microintelectual”, persona que escribe artículos o libros y hace lo que puede en favor de tal o cual causa, generalmente poco.
2. Siempre ha sido así. Cuando Hesíodo escribió el Mito de las edadesjuzgó que su época pertenecía a la edad de hierro; las otras edades, sobre todo la de oro, solo habían tenido realidad en un pasado muy remoto. En cuanto a los remedios, lo mejor es empezar por uno mismo.
3. El relato existe, y basta leer a los socialistas (como los de antaño, se entiende) o a los seguidores de la escuela de Keynes (James K. Galbraith, por ejemplo) para conocerlo. Esquemáticamente, la causa principal de la crisis hay que buscarla en el modelo económico de la Escuela de Chicago (“el mercado es capaz de autorregularse”, etcétera) y en la ideología política concomitante (derecha y extrema derecha).

Santiago Auserón (Músico)

1. El intelectual ha quedado fuera de juego a finales del siglo XX. En otro tiempo era el letrado que aconsejaba a los tiranos, el clérigo que intervenía en el control de la moral pública, el pensador de la revolución. Ahora apenas puede ejercer como maestro de escuela o como estrella mediática de quinto orden.
2. El modelo económico americano, reforzado tras la Segunda Guerra Mundial, se independiza de esa tradición. La ciencia depende de los tecnócratas y de los grandes especuladores, bajo el supuesto de que la inercia del dinero guía a la humanidad mejor que los saberes tradicionales. La única solución es que la ciencia vuelva a aliarse con las artes y las letras, convirtiendo el conocimiento en bien público.
3. La especulación con valores numéricos no necesita relato. La gente necesita, sin embargo, además de dinero, una puesta al día de la fantasía, de la capacidad de representar el mundo. Todos manejamos programas de imagen y sonido para hacer cosas banales. Quizá llegue un momento en que los chavales puedan aplicar lo que aprenden con los aparatos al discurso político y a las relaciones sociales.

Yuri Herrera (Escritor)

1. “Los intelectuales” no son ya esos profetas encerrados en claustros: entre los intelectuales profesionales hay, sí, escritores de libros pero también de blogs, autores de cómics, diseñadores de sitios de Internet y activistas en favor de la libertad de información.
2. No sé si se puede seguir hablando de una “misión”, como si hubiera una obligación religiosa, pero sí creo que una de las labores es articular discursos que no solo ayuden a conjurar el caos sino a pensar otro tipo de orden social. A veces pareciera que vivimos la utopía de Cándido y sí es este el mejor de los mundos, porque no hay manera de desentrañar sus mecanismos y lo que queda es acomodarse a ellos. Ante eso, hacer preguntas incómodas y no permitir que sus opiniones estén maniatadas por el cheque quincenal.
3. Tal vez la crisis se derive de la contemplación del lugar al que nos llevaron esos valores: la opresión religiosa, la pesadilla de la razón en el siglo XX, por ejemplo. Si por remedio se entiende construir otro conjunto de valores que todos deben compartir, creo que esa solución ya no es factible. Los Grandes Relatos, incontestables y solemnes, están sometidos a la crítica más feroz. Y entre ellos incluyo a la Tecnología, que para muchos es la nueva panacea o la nueva ficción religiosa. Y esa crítica debe implicar ponerle nombre a las atrocidades cotidianas con las que convivimos como si fueran ineludibles (la súper explotación laboral no como un accidente sino como la norma entre las compañías más “respetables”, los genocidios, la devastación ambiental) y confrontar a sus responsables. Es a partir de esta clase de acciones como van produciéndose esos valores, no al contrario.http://www.facebook.com/